Nunca dejes de imaginar



El canalla, el malo, el que se sube a la moto mientras enciende un pitillo. El que no le rinde cuentas a nadie salvo a sí mismo, es la promesa eterna de la libertad. Es el que a su lado, cada día será diferente al anterior. Es la inestabilidad, la tormenta, el caos. Es el "hoy te quiero menos que ayer y mañana no sabré ni quién eres." Es la sonrisa hipnótica del rebelde sin causa, el deseo que viaja en tranvía, el capitán Jack Sparrow, el mañana que nunca muere. Es, en definitiva, la atracción que ejerce lo prohibido, lo que no nos conviene, lo que nos va a hacer sufrir. Porque en el fondo esa atracción se basa en la remota y utópica posibilidad de poder domar a la fiera, de ser la que ha conseguido meter en el redil al que nunca quiso ser boy-scout. Ser la que ha conseguido que la sonrisa de un canalla deje de lucir o, mejor dicho, que sólo lo haga por ti. Pero querida, si hicieran eso, serían como los demás, como todos los que te convienen, como los que no te harán sufrir. Y entonces ya no tendrían ningún tipo de morbo.


Aún recuerdo las risas, las miradas que no se atreven a ir a más. Los silencios nerviosos que delatan un principio, las palabras que se pierden entre besos, los besos que hacen perder conciencias, y también consciencias. Aprendí a leer en tus ojos, aunque soliesen decir más que tu boca. Me enamoré de tus besos, fuesen como fuesen y supiesen a lo que supiesen, para mí eran los mejores. Creo que nunca fui capaz de decidir cómo me gustaban más porque ahora mismo no querría uno en especial sino uno de ellos, de esos de verdad. Hice nuestra la frase "si no te tengo reviento", y también decidí que nunca más volvería a decir nunca. Aprendí a perderme en amaneceres pero siempre en tu dirección y a querer despertar sin espacio, pero entre nuestros besos. Y sí, si algo me quedó realmente claro es que aunque no lo puedas decir... me quieres, a veces.